Caipi – Kurt Rosenwinkel
Durante buena parte de Caipi, la guitarra de Kurt Rosenwinkel podría ser la gran protagonista y, sin embargo, sucede lo contrario. Después de décadas construyendo uno de los sonidos más reconocibles de la guitarra contemporánea, aquí reparte su identidad entre la voz, el piano, el bajo, la batería, los sintetizadores, la percusión y las guitarras para crear canciones en las que importa menos quién toca cada instrumento que la manera en que todos terminan pintando un mismo paisaje.
“Caipi” lo establece desde los primeros segundos. La guitarra acústica introduce una pulsación brasileña que pronto queda rodeada por el bajo, piano, voces sin palabras y capas electrónicas. Brasil está presente, pero Rosenwinkel no intenta reproducir una tradición desde afuera: toma su relación con la melodía, el ritmo y la canción para desplazar un lenguaje armónico que sigue siendo reconociblemente suyo hacia otro lugar. “Kama” y “Casio Vanguard” profundizan esa transformación; las voces entran y salen de los arreglos, los sintetizadores amplían el espacio y la improvisación deja de ser necesariamente el destino de cada composición.
Ese cambio resulta especialmente revelador en “Summer Song”. El piano abre una pieza de apariencia sencilla y la melodía avanza sin necesidad de demostrar la complejidad que la sostiene. Caipi encuentra buena parte de su fuerza precisamente ahí: Rosenwinkel puede escribir estructuras armónicas densas y, al mismo tiempo, permitir que una canción respire como si hubiera llegado a su forma más natural.
Más adelante, “Ezra” reduce la velocidad para que el saxofón tenor de Mark Turner se desplace sobre el pulso con la familiaridad de dos músicos que llevan décadas bajo un mismo lenguaje. Turner reaparece en “Casio Escher”, donde su saxofón se mezcla con las guitarras y las voces de Amanda Brecker y Pedro Martins en una textura que crece sin perder ligereza.
La amplitud del proyecto también permite que Eric Clapton, Frederika Krier, Chris Komer, Alex Kozmidi, Andi Haberl, Antonio Loureiro, Zola Mennenöh y Kyra Garéy aparezcan en distintos momentos sin convertir el disco en una sucesión de invitados. Incluso Pedro Martins, cuya presencia atraviesa voces, teclados, batería y percusión, funciona menos como contraparte que como una extensión del mundo que Rosenwinkel está construyendo.
Caipi necesitó cerca de una década para existir porque quizá su transformación no consistía simplemente en escribir otro repertorio. Rosenwinkel tuvo que ampliar la idea de lo que podía ser su propia música. La guitarra sigue ahí, con su fraseo y su sonido inmediatamente reconocibles, pero ya no necesita explicar quién es. Por primera vez en el disco, su voz significa literalmente más de una cosa.