Aaron Shaw: una experiencia honesta convertida en música
La ausencia revela la importancia de aquello que alguna vez se percibió como un derecho intrínseco de la existencia; lo que antes parecía inagotable comienza a disminuir lentamente, y te das cuenta de que nada permanece estático, que todo existe en constante movimiento. Sin previo aviso, la vida cambia y, con ella, la perspectiva de la persona que fuiste y de aquella en la que te estás convirtiendo. Afortunadamente, el vacío que deja la ausencia puede ser llenado por aspiraciones que encienden el alma; ahí es donde el dolor se transforma en creación. En este sentido, la reducción de oxígeno se convirtió en un álbum: And So It Is, en el que el aire expulsado por la flauta y el saxofón llena y calienta cada rincón de la habitación.

Hay situaciones que no pueden resumirse con el simple significado de una palabra: enfermedad, pérdida. Cuando el lenguaje no es suficiente, es momento de escuchar la música del alma. “Mientras estaba creando estas canciones, no estaba pensando en ser etiquetado como un artista de jazz ni nada por el estilo. Era simplemente yo atravesando un momento difícil e intentando escapar”. Tanto la música como las palabras pertenecen a Aaron Shaw — un joven que, en años recientes, se ha visto obligado a crear su propia forma de comunicarse con los médicos y con sus instrumentos. Por un lado, el frío vocabulario clínico; por el otro, el saxofón y la flauta — confidentes que no preguntan cómo te sientes, pero que, de alguna manera, siempre lo saben.
En 2023, Shaw fue diagnosticado con insuficiencia de médula ósea: su cuerpo no producía suficiente oxígeno. “Tuve que cambiar toda la configuración de mi boquilla. Tuve que cambiar mi forma de tocar porque me faltaba el aire. No podía soportar la presión en mi espalda. Había estado desarrollando este sonido durante 15 años, para que, de un momento a otro, tuviera que descifrar una nueva forma de tocar…”. Cuando la vida te sacude así —cuando la muerte deja de ser un concepto que solo se aplica a la vejez—, toda tu perspectiva cambia, incluso la relación que tienes con aquello que te ha mantenido vivo.
“Al principio no me propuse hacer un álbum solo porque me enfermé. Me acerqué a la música como siempre lo he hecho: como la única forma que conozco para escapar. Pero fue difícil. Por un momento odié la música. En mi punto más bajo, sentí que mi vida no había servido de nada. La soledad me fue impuesta, así que estaba tratando de encontrar una salida a esa oscuridad. Para sentir algo de felicidad, supe que tenía que perseguir cosas que había imaginado durante mucho tiempo; cosas que había dejado dormidas o a las que aún no les había llegado su momento. Pasaba horas tratando de descifrar cómo seguir, simplemente intentando llevar mi mente a otra parte. Así que sí, realmente odié la música por un tiempo. Sin embargo, poco a poco intenté encontrar el camino de regreso”.
Por el bien de la música y de su comunidad, Aaron se encuentra mejor en estos días. “A estas alturas es algo crónico, pero todo va a buen ritmo. Simplemente me mantengo al tanto de mi salud, comiendo bien; eso ha sido un viaje en sí mismo. Perder peso, aprender más sobre la preparación de comidas y estar pendiente de todo eso, porque quiero estar aquí por mucho tiempo”.
Tres años en el asiento delantero de una montaña rusa pueden generar muchísima tensión; sin embargo, tras el lanzamiento del álbum, el multiinstrumentista de Los Ángeles tiene clara una cosa: “No quiero que la gente me vea como un artista en un pedestal. Quiero que me vean más como un espejo, porque si yo he pasado por lo que he pasado, existe la posibilidad de que pueda transferir algo de esa energía a la siguiente persona”. Las ocho piezas que conforman el álbum nacen de las emociones más íntimas que una persona puede experimentar. Suspendidas en el aire, permanecen allí —esperando ser escuchadas y sentidas—. “Hay esperanza en este álbum porque hubo días mejores mientras lo creaba: momentos de luz”.
El hecho de que pueda dedicarme a esto para ganarme la vida es increíble. Me siento verdaderamente honrado. Pero es como cualquier otra cosa: requiere mucha dedicación y enfoque, porque siempre quieres evitar repetirte a ti mismo. Es algo vivo, que respira. Prestar atención a la cultura en general, a las dimensiones sociales —porque es una forma de arte social—, eso es lo importante
En el valle de la incertidumbre, Shaw nunca estuvo solo. Mentores, familia, amigos, músicos: comunidad. “Mi comunidad está creciendo ahora y me siento muy honrado y agradecido porque se hizo presente en los momentos en que yo era más vulnerable, cuando ya no podía ser yo mismo”.


And So It Is en vinilo
Junto a él, en el álbum, hay un círculo cuidadosamente elegido: su hermano Lawrence Shaw en el bajo, Alex Smith y Carlos Niño en la batería y percusión, Sam Reid en el piano, Kiernan Weggler en el violonchelo, Merci B en el arpa y Ghalani en el vocoder. Además, está Dwight Trible, quien canta en dos temas y cuya presencia significa algo más allá de la música. “Dwight ha sido un pilar enorme en mi comunidad. Era una elección obvia. Necesitaba esa alma. Él representa una gran parte de mis raíces musicales, así que tenerlo en el álbum fue una conceptualización increíble de lo que buscaba”.
Musicalmente, su proceso creativo nunca es el mismo. La forma en que aborda las melodías y los sonidos abstractos depende de si se sienta al piano o a la batería, o si comienza con el saxofón o la flauta. Pero una cosa permanece constante: siempre sigue lo que dicta su alma. “Los sentimientos son esenciales en la música. Muchas veces, hay una combinación de sonidos que escucho —o incluso un solo sonido— que puede desplegar toda una película en mi mente, como la banda sonora perfecta para algo que se desarrolla visualmente”.
Para Shaw, el acto de crear está profundamente interconectado con la naturaleza etérea de su entorno. “A veces utilizo el color: observo algo visualmente y, a partir de ahí, disecciono cómo quiero deletrearlo melódicamente; qué elecciones de acordes se sienten en alineación. Porque todo es frecuencia —los colores son frecuencia, la música es frecuencia— así que, de alguna forma, se relacionan. Siento que es mi responsabilidad, como compositor, explorar esas conexiones y disfrutar el viaje de ese proceso, sin dejar de desafiarme y honrar el don de este oficio”.
Lo que comenzó como un enfrentamiento con la ausencia se convirtió finalmente en un testamento de la presencia: de la resiliencia y de la fuerza silenciosa que se niega a dejar que el silencio gane. And So It Is, de Aaron Shaw, se erige como un recordatorio de la incertidumbre de la vida, pero sobre todo, es el sonido de un músico aprendiendo a respirar de nuevo a través del saxofón, la flauta y la convicción tranquila de que la música, al igual que la vida misma, siempre está en movimiento.