Alba Careta: La belleza en las espinas
Alba Careta por Sílvia Poch

Alba Careta: La belleza en las espinas

Tras las primeras notas, uno podría pensar que nació con el don de encontrar la belleza en lo heterodoxo. Pero esta perspectiva no surgió de la noche a la mañana; se forjó en el claroscuro de la vida cotidiana, agudizando una mirada que encuentra fortaleza en los bordes puntiagudos. Para ella, el cardo es más que una simple mala hierba que hay que evitar. En sus espinas, escucha el comienzo de una nueva melodía.

Portada del disco Panical
Panical 2026

Algunos acontecimientos dejan marcas que se instalan profundamente, imposibles de desalojar. En ella, la tierra donde nació es fundamental para comprender tanto su esencia personal como la artística. “Quería dedicar esta música a los cardos. El cardo es una planta muy espinosa que crece abundantemente aquí en Catalunya”. Las palabras pertenecen a Alba Careta Arnaus, con motivo del lanzamiento de Panical, su cuarto álbum de estudio. “En mi pueblo, Avinyó, llamamos a alguien ‘cardo’ para decir que es feo. Pero para mí, los cardos no son feos; son simplemente diferentes. Pinchan y son difíciles de sujetar”.

En su lenguaje musical, los cardos emergen como una metáfora de lo que es diferente, incómodo y, a menudo, pisoteado. A partir de este punto, el panical es más que un tipo de cardo; se convierte en un concepto que se despliega a través de la trompeta y la voz. “Con esa idea en mente, quería dedicar mi música a todas esas mujeres que son diferentes, que pinchan, que han seguido su propio camino y forjado su identidad con una belleza que rompe los estándares tradicionales”.

Esta belleza poco convencional exige un recipiente capaz tanto de pinchar como de cantar. Para Alba Careta, ese recipiente es una extensión de su propio aliento: un instrumento de metal que requiere la misma resiliencia que las plantas silvestres a las que honra. Es un diálogo que comenzó hace dos décadas, sostenido por una disciplina tan agotadora como esencial.

“La trompeta es una extensión de mi cuerpo y el medio a través del cual expreso mi música y los sonidos que escucho en mi cabeza. Llevo 20 años tocando este instrumento y no puedo concebir una vida sin él”, continúa. “Es una herramienta muy exigente que me obliga a mantenerme en forma todos los días. Al mismo tiempo, es una relación de amor-odio; no puedo pasar una semana sin tocar. Es como mi pareja: cuando nos entendemos bien, es el punto culminante, lo mejor que puedo tener”.

El proceso creativo de Panical se centra en una dualidad: composiciones originales entrelazadas con nuevos arreglos de piezas existentes: ideas musicales desarrolladas mediante dos voces distintas.

“Al cantar, la letra te condiciona; es más fácil transmitir una idea concreta”, explica, señalando cómo las palabras anclan la emoción en la audiencia. “Por el contrario, la trompeta me da la libertad de no estar atada a un solo sentimiento. Puedo avanzar sin una ruta establecida, evocar sensaciones abstractas y responder a lo que el público y yo sentimos en ese momento. Me encanta esa libertad”. Es en esos momentos más condicionados de canto cuando su mensaje se vuelve más directo, ya que ancla sus letras en un idioma que, sin duda, es una forma de resistencia.

En un mundo que a menudo te empuja a hablar una lengua más 'universal', ella arraiga su música en sus raíces, un gesto moldeado tanto por la herencia como por el desafío. “El catalán es una lengua minoritaria”, observa, aludiendo a la larga historia de intentos de silenciarla. Para ella, llevar esta lengua a festivales de jazz internacionales no es solo una cuestión de interpretación; es un acto de defensa. “Es importante reivindicarla para que se escuche en otros lugares, para que la gente sepa que tenemos una historia rica y una identidad musical distinta. Darle ese espacio me parece esencial”.

Este acto de reivindicación provoca distintas reacciones. En casa, su elección es recibida con un orgullo profundo y colectivo: un reconocimiento compartido de su valentía. Más allá de esas fronteras, el claroscuro de la opinión pública se vuelve evidente.

“En el resto de España, las opiniones están más divididas”, señala, pues hay una clara presión para adaptarse a un sonido más accesible. “Algunos piensan que sería más bonito si cantara en castellano, pero para mí, eso no tiene sentido; el catalán es el idioma que he hablado toda mi vida y el que define mis raíces”. En otras coordenadas, sin embargo, especialmente en escenarios alrededor de Europa, la gente agradece su aportación musical y cultural.

Más allá del escenario o el idioma, yace el trabajo más silencioso de la composición. Para ella, es un ejercicio de vulnerabilidad, en el que el dominio formal se convierte en parte del proceso creativo. “Escribir al piano para mí es una dualidad: lo amo y lo odio al mismo tiempo”, admite. Sin la red de seguridad de la perfección técnica, confía en una brújula más instintiva. “No soy la mejor al piano, y eso limita mis recursos técnicos, pero creo que la simplicidad y la intuición funcionan mejor cuando no dominas académicamente un instrumento”. Se convierte en un proceso de entrega: confiar en su intuición y en los músicos que la rodean para dar forma a la pieza antes de llevarla de vuelta a la voz familiar de su trompeta.

Dentro de este espacio colaborativo, sus composiciones toman forma en un núcleo de confianza: Lucas Martínez al saxo tenor, Roger Santacana al piano, Giuseppe Campisi al contrabajo y Jordi Pallarés a la batería y la percusión. Para este disco, sin embargo, ese círculo se expandió, dando la bienvenida a una nueva presencia en el estudio, cuya sensibilidad aportó una claridad inesperada ayudando a refinar las 'espinas' de cada composición hasta alcanzar su forma final.

“Tener a Shai Maestro como productor fue una experiencia inigualable y enriquecedora; él puso los toques finales a los temas con su delicadeza y experiencia. Tenerlo en el estudio fue liberador; cuando estás grabando, es difícil decidir si una toma funciona o si es necesario cambiar el enfoque, pero contar con alguien con su criterio desde fuera fue una revelación”.

El jazz es un género mutante; se adapta a los tiempos y absorbe el presente. Otorga una inmensa libertad.

Esta libertad no es meramente abstracta; es el aliento que se canaliza a través de la trompeta para dar voz a lo que carece de palabras. A veces, ese aliento conlleva un peso mayor, uno que se vuelve hacia realidades que muchos prefieren no enfrentar. En el tema Under Water, ese peso flota a la superficie.

“Esta canción está dedicada a todas las personas que se quedan en el Mediterráneo mientras intentan cruzar desde África hasta nuestras costas en busca de una mejor vida. Es una realidad muy discordante: por un lado, personas que sufren y mueren en el mar y por otro, turistas que disfrutan del sol y la playa. Es algo que me conmueve profundamente”.

Interpretada en un pequeño comité de saxofón y piano, la pieza despoja todo, permitiendo que el silencio y la respiración entre las notas tengan tanto significado como el sonido mismo.

La mirada que alguna vez encontró fuerza en las plantas silvestres alcanza su máxima expresión en el sonido. Lo que comienza en las espinas se convierte en una extensión de su identidad: una voz que no se suaviza por complacer, que se resiste a la belleza fácil, que insiste en ser escuchada bajo sus propios términos. En este espacio, hace más que tocar. Moldea un lenguaje: uno arraigado en la diferencia, en el riesgo, en la negativa a conformarse. Composiciones que no piden ser tratadas con suavidad, sino ser escuchadas con atención.

Como los cardos —y las mujeres a las que honra—, su música permanece: singular, resiliente e imposible de ignorar.

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