Erle Fonneland: El acto radical de simplemente existir
Mientras canta, los números del reloj comienzan a desvanecerse; la distancia entre lo contemporáneo y lo ancestral se suaviza, y el presente se vuelve elástico. Aquí, crear es un acto de aceptación radical: de la imperfección, la ambigüedad y la vulnerabilidad. A medida que la música se despliega, emergen nuevos matices, libres de la urgencia de convertirse en algo distinto.

Música más allá de la interpretación: una fuerza capaz de disolver la presión de la cronología, la expectativa del progreso y la necesidad interminable de convertirse en alguien más. La perfección aparece entonces como un concepto inmaterial. “De eso trata el álbum: ¿realmente tienes que evolucionar todo el tiempo? ¿Ese es el objetivo final? ¿O simplemente puedes existir y representar lo imperfecto, aquello que eres?” Las palabras pertenecen a Erle Fonneland, quien recientemente lanzó Valør.
En Valør no existe una búsqueda de resolución, ni una obsesión por el refinamiento o la perfección técnica. El álbum permanece en la belleza de aquello que se mantiene abierto, inestable y profundamente humano. “Si te falta algo, está bien. Con estas composiciones, intento presentar una perspectiva un tanto inacabada, no pulida. Simplemente busco crear música con personalidad propia.” En una escena musical cada vez más dominada por la precisión y la hiperdefinición, Fonneland decide conservar las asperezas: las huellas del proceso, la emoción y el devenir.
En algún momento, la propia existencia quedó eclipsada por la expectativa de productividad: la tiranía silenciosa de reinventarse constantemente, de mejorar sin descanso, de convertirse cada día en una versión más eficiente de quien se era ayer. Incluso el arte, quizás el último refugio de la incertidumbre y la contradicción, no ha escapado a esa lógica. Dentro de la educación jazzística y de la cultura creativa contemporánea, evolucionar dejó de percibirse como una posibilidad y se convirtió en una obligación.
Fonneland conoce bien esa tensión. “Mi proceso de escritura parte de reflexiones. No quiero decir que las cosas sean de cierta manera; solo intento sentir y utilizar lo que tengo, sin tratar de ser alguien más. Todos podemos obsesionarnos un poco con evolucionar y no aceptar dónde estamos: la necesidad de sonar diferente.” Sus palabras no rechazan el crecimiento; cuestionan la ansiedad que lo rodea. “Personalmente, estudio jazz de tiempo completo, así que vivo dentro de esa burbuja, pensando todo el tiempo en evolucionar. Pero cuando escribo, intento aceptar el lugar en el que estoy y dejar que aparezcan todas mis referencias: la música que ha formado parte de mi vida y ha moldeado mi lenguaje musical. Dejo que todo fluya.”
Valør: una palabra noruega que significa matices; los contrastes que existen dentro de un mismo color, donde la luz y la sombra coexisten y dependen de sí mismas. Para Fonneland, el título refleja un proceso personal y creativo arraigado en la aceptación. “Sin la luz nunca podrías ver las sombras”, comparte, describiendo la vulnerabilidad y la fuerza no como opuestos, sino como emociones capaces de existir simultáneamente.
El álbum nace de ese equilibrio emocional: la tensión entre el pasado y el futuro, entre los pensamientos intrusivos y el deseo de permanecer en el presente. “Siempre estoy pensando: ‘después de hacer eso seré feliz’, o ‘sentiré algo de calma’”, admite. Pero Valør parece menos interesado en la persecución que en aceptar las cosas tal como son: encontrar sentido en el presente en lugar de buscar constantemente más allá de él.
El lenguaje también es un símbolo de esa dualidad emocional. No existe la necesidad de elegir una identidad u otra, ni de reducir la expresión a una sola forma. “Escribo en inglés y en noruego. No quería escoger solo uno, porque el inglés es un idioma hermoso y bellísimo para cantar, y siento que las palabras adquieren significados distintos. Ambos idiomas me representan, pero el noruego se siente más personal y vulnerable. Me gustan las diferencias entre ellos; puedo expresarme de maneras distintas.” En Valør, el lenguaje se comporta igual que la emoción: fluido, cambiante, imposible de definir por completo.


Erle Fonneland
Para Erle Fonneland, la vulnerabilidad no es solamente un tema lírico, sino la condición emocional que permite que la creación ocurra. “Creo que la vulnerabilidad es muy importante. Cuando compongo, eso es lo que quiero sentir. Todo el proceso es muy vulnerable: te estás exponiendo a ti mismo y a tus ideas mientras te esfuerzas por expresar algo.” No hay ningún indicio de ocultar la incertidumbre ni la fractura emocional. Al contrario: ella avanza hacia ellas, permitiendo que la memoria, la nostalgia y la contradicción coexistan libremente.
Intento crear un espacio donde pueda ser vulnerable y dejar que mis pensamientos viajen donde quieran. Puede convertirse en una experiencia nostálgica, porque me representa a mí y a situaciones que siempre formarán parte de mi ser. Intento crear un contraste entre la vulnerabilidad y la fuerza para luego dejar que ambas convivan.
“Estoy soñando con un lugar donde simplemente pueda existir.” La frase aparece casi en silencio y, sin embargo, en ella habita el peso emocional de todo el álbum. En una cultura obsesionada con la aceleración y la reinvención, la idea de simplemente existir se vuelve casi radical. “Creo que muchas personas sienten que no tenemos suficiente tiempo; siempre estamos empujando hacia adelante. Pero tal vez no necesitamos empujar en absoluto. Tal vez podamos seguir el momento.” Sus canciones no ofrecen conclusiones; permanecen abiertas a nuevas interpretaciones, mientras se transforman junto a su propia vida.
“En mis letras intento crear imágenes y espacios para luego redescubrir mis canciones una y otra vez. Ahora siento algo distinto por esas letras de lo que sentía cuando las escribí hace un año. Han pasado muchas cosas, así que tengo otra perspectiva.”
El tiempo, entonces, deja de comportarse como una estructura y comienza a sentirse como una atmósfera. “Se siente como si el tiempo se detuviera y yo pudiera explorar el momento. Para mí es algo social, donde puedo descubrir el ahora junto a los demás músicos, y eso es fantástico.” La improvisación se aleja de la destreza técnica para acercarse a la presencia emocional: escuchar, reaccionar y habitar el instante de manera colectiva. “Puedo aceptar mi situación y usar tanto las emociones buenas como las malas para crear algo. Necesito mis emociones para pintar el lienzo con profundidad.”
Desde esa sensación suspendida del tiempo, el álbum comienza a revelar su universo visual. Estas imágenes aparecen constantemente a lo largo del disco: espacios abiertos, luces cambiantes, colores ligados a la memoria. “Diría que es un lugar muy abierto, en la naturaleza, bajo la luz del sol, con un gran cielo azul y árboles. De hecho, estoy imaginando la casa de mis abuelos: un lugar desde el que puedes ver las montañas y los fiordos noruegos.” Sus canciones se sienten menos como composiciones y más como cuartos habitados por la emoción, la memoria y la luz. “Imagino mis canciones como diferentes habitaciones con colores que he visto antes en ciertas situaciones; habitaciones con distintas luces. Intento crear espacios donde pueda sentirme cómoda.”
Incluso el proceso compositivo resiste la rigidez. “No tengo un método específico. Normalmente estoy sentada al piano, utilizando lo que sé, pero también explorando: intentando encontrar patrones y sistemas, experimentando con cambios de acordes que me hagan sentir algo. No estoy tratando de hacer nada correctamente.” La música emerge de forma intuitiva, moldeada tanto por la emoción como por la interacción. “Normalmente aparece una melodía y, en muchas ocasiones, escucho una línea de bajo. Cuando escribí las canciones de este álbum, intenté capturar las personalidades de mis músicos.”
Ese sentido de coexistencia se extiende en el paisaje sonoro del álbum. Alrededor de la voz de Erle Fonneland, el piano y los sintetizadores de Torbjørn Säll flotan entre la intimidad y la suspensión. La trompeta y el bukkehorn de Ole Martin Rosvold Haugen desdibujan la distancia entre lo contemporáneo y lo ancestral. Debajo de ellos, las líneas de bajo de Eivind Bratland y la batería de Eirik Jarl Gjølme transforman continuamente el movimiento del sonido. Nada se siente impuesto; cada músico habita las canciones con paciencia y apertura.
Valør es un lugar intangible; quizás por eso mismo, el tipo de espacio al que uno desea volver interminablemente. Aquí habitan voces y miradas de todos los tiempos: una niña conversando con su padre, una madre imaginando el cielo entre su cabello y la memoria de montañas y fiordos suspendida en algún lugar entre el sueño y el sonido. A lo largo de la costa noruega, la voz de Erle Fonneland se desliza junto a instrumentos de otra época y lenguajes que cargan el peso de todo lo ya dicho y vivido. En cada canción emerge un nuevo matiz: no como resolución, sino como un recordatorio silencioso de que la vulnerabilidad y la fuerza siempre brillan bajo la misma luz.