Grégory Privat: el arte de renacer en el cosmos del jazz
En el viaje creativo de un artista, dos dimensiones temporales fundamentales moldean su trayectoria: el pasado, que busca dejar atrás para evitar la repetición, y el futuro, un horizonte que se empeña en explorar con cada nuevo hallazgo. En medio de estos extremos, la incertidumbre acecha, disipándose únicamente cuando el artista descubre su voz y decide no traicionarla. En esta danza entre memoria y porvenir, los creadores recorren el laberinto de la creatividad, forjan su identidad y dejan una huella indeleble en el lienzo del tiempo.

En el ámbito de la exploración musical, un artista ha sorteado las complejidades del tiempo y ha emergido de sus obras anteriores como el ave mítica que renace de sus cenizas. “Phoenix continúa mi carrera; de ahí la analogía con la criatura mítica que resurge de las cenizas. Es una forma de expresar las ideas que quería compartir con el público: el jazz y el elemento del canto, junto con los efectos del contrabajo y la batería”. Estas palabras pertenecen a Grégory Privat, quien ha encontrado en su voz una manera de forjar vínculos con la audiencia y proyectar su legado musical.
Para Privat, el proceso creativo está intrínsecamente ligado al acto de cuestionar. "A medida que evoluciono como artista, intento permanecer conectado con mi espiritualidad y mi propósito como ser humano, así como con aquello que deseo transmitir a través de mi música. Para mí, era fundamental expresar las interrogantes que guardo sobre el sentido de la existencia: ¿por qué estamos aquí y cuál es el significado de todo esto?"
A través de su lenguaje sonoro, el músico busca construir un puente entre la esencia de su arte y esa fuerza inconmensurable llamada infinito. "Habitamos un planeta dentro de un universo vasto, y tal vez nuestros cuerpos se entrelazan con el cosmos; creo que existe una conexión profunda entre nuestra materia y la totalidad universal. Es un enfoque marcadamente espiritual, pues el cuestionamiento reside en el sentido de la vida y la muerte".
En este sentido, el universo funciona como el motivo principal para integrar nuevas texturas sonoras. "Quería iniciar el álbum con una atmósfera futurista, por eso elegí los teclados", explica. Quizás el logro más significativo de Grégory no reside únicamente en resurgir de las cenizas, sino en la capacidad de amalgamar elementos electrónicos en un entorno acústico, gestando sonidos que parecen emanar de un conjunto mucho más amplio que su trío. "Deseaba el formato de trío por su fantástica respuesta acústica, pero también buscaba expandir los elementos. Toco el piano, los teclados y canto; a su vez, los músicos emplean algunos efectos en sus instrumentos. En ocasiones, la frontera se desdibuja y ni siquiera se percibe si lo que suena es un bajo acústico".
“Trato de conectar la letra con la música para crear una nueva imagen. Creo que así puede resultar más claro para la gente entender hacia dónde quiero ir; por eso también hablo sobre el significado de las canciones. Ha sido un gran viaje para mí, porque estoy llegando a una nueva audiencia. Así que volvemos al principio: renacer de las cenizas para comenzar una nueva vida”.
En esta búsqueda de renovación, Grégory no se desprende de su pasado; Martinica —su tierra natal— permanece omnipresente, manifestándose cuando el artista canta en su lengua materna. "Las letras están en criollo. En la pieza Genesis, retomé el concepto bíblico: parto de la creación del sol, el cielo y el mar, para dar paso al surgimiento de un nuevo mundo. Este álbum es un universo inédito, y todos están invitados a entrar".
Para comprender verdaderamente su universo musical, es necesario mirar hacia Martinica, donde todo comenzó bajo la influencia de su padre, el pianista José Privat: “Comencé a tocar el piano cuando tenía cinco años, y eso es gracias a él, porque me transmitió de inmediato el amor por la música y por este instrumento. Me siento muy afortunado de tener un padre músico; es algo muy especial y poderoso que compartimos”. Su voz y su pulso rítmico emergen de una isla de la que se siente profundamente orgulloso.
El conjunto de experiencias acumuladas a lo largo de los años ha permitido a Grégory descubrir esos matices que hacen única su voz. “Siempre hice música para mí mismo, como una forma de terapia, para escucharme. Ahora, cuanto más toco, más conciertos doy y más personas conozco que asisten a mis espectáculos, más comprendo que la música tiene el poder de dar esperanza y hacer sonreír”. El público brinda a este trío la energía para actuar y, en respuesta, ellos encuentran las notas precisas para conectar con lo más hondo de sus almas. “La semana pasada, durante un concierto, alguien del público me dijo: ‘Vaya, fue tan poderoso; sentí algo profundo por dentro. Deberías usar tu música para sanar a las personas’. Este es el regalo que la vida me ha dado, y siento que debo compartirlo con el mundo”.
Bajo los elementos cósmicos, Privat logra dotar de sentido a la existencia. En la pieza Supernova, el artista explora la interconexión y el origen compartido de la humanidad. "En esa canción, le pido a la lluvia que lave mi corazón, y la lluvia me sugiere que consulte al mar; el mar, a su vez, me responde que no necesito purificar mi corazón porque ha sido forjado con polvo de estrellas. Creo firmemente que todos estamos hechos de esa materia estelar, más allá de nuestras divergencias en tradiciones o religiones. Mi deseo es reunir a las personas bajo la premisa única de nuestra procedencia universal".
En la mitología, el fénix prepara el nido en el que habrá de consumirse para poder renacer de sus propias cenizas. En ese sentido, Phoenix no tendría el mismo impacto sin los álbumes que posicionaron a Grégory Privat dentro de la escena del jazz europeo. Al escuchar estas doce piezas, ¿es posible hallar respuestas a las preguntas existenciales que Privat se ha formulado? Probablemente no. Pero sí descubriremos cómo resuena el criollo en una voz y en un trío que se mantienen fieles a sí mismos; y eso, en última instancia, es más que suficiente.