Oran Etkin: la cartografía del alma a través de Open Arms
Oran Etkin

Oran Etkin: la cartografía del alma a través de Open Arms

Dada la multiculturalidad y la vasta diversidad que nos rodea, resulta inexplicable pretender reducir la existencia al individualismo. Son las experiencias personales las que dictan la interpretación del lenguaje musical; de hecho, la belleza del arte consiste en descubrir cómo una misma melodía puede resonar de forma distinta al ser interpretada en contextos opuestos. La música se revela, entonces, como ese espacio de convergencia donde es posible encontrarse a uno mismo mientras se escucha a los demás.

Portada del disco Open Arms
Open Arms 2024

Escuchar un disco trasciende el descubrimiento de nuevos ritmos; implica ser testigo de la conexión artística y espiritual de sus creadores. Bajo esta simbiosis, ciertas composiciones pueden analizarse tanto desde el lenguaje musical como desde la cartografía, pues ambas funcionan como herramientas para explorar y representar el espacio. Mientras la cartografía se centra en la representación visual y geoespacial de la tierra, la música posee la facultad de evocar paisajes mediante sonidos y melodías. En este contexto, la obra del clarinetista y compositor Oran Etkin personifica dicha dualidad: "Siempre trato de dejar claro que la composición es solo un marco y que podemos ir a cualquier parte. Me esfuerzo por componer con apertura, evitando instrucciones rígidas para que los músicos tengan espacio para explorar".

Las palabras de Etkin resuenan con fuerza en su reciente producción, Open Arms. A través de este álbum, el artista ha tejido vínculos profundos con músicos de diversas latitudes. “Para mí, se trataba de mantener una actitud de apertura. Durante mis giras, en cada destino, intentaba conocer a los intérpretes locales y dejarme permear por lo que sucedía”.

Brasil, Zimbabue, Estados Unidos, Canadá, la República Checa y Turquía emergen así como puntos cardinales de una cartografía sonora: cada colaboración marca una coordenada en el mapa creativo, y cada improvisación se convierte en un desvío deliberado del itinerario previsto. “En cada país, el proceso fue distinto. En Zimbabue, por ejemplo, tuve dos semanas libres entre conciertos y, en lugar de volver a casa, decidí convivir con familias tradicionales”. De este modo, el álbum no solo reúne composiciones, sino que traza rutas afectivas y culturales donde el territorio deja de ser una frontera para transformarse en encuentro. La música se erige, entonces, como un conducto capaz de acortar distancias; pero esa travesía solo se vuelve posible cuando el mapa se dibuja a partir de conexiones humanas genuinas.

“Tuve la fortuna de contar con una amiga que ha frecuentado Zimbabue desde los años noventa, lo que me permitió establecer vínculos significativos en el lugar. Gracias a ella entré en contacto con la familia Chigamba y, apenas la noche de mi llegada, presencié una ceremonia que se prolongó hasta el amanecer. Fue una experiencia profundamente espiritual: los asistentes entraban en estados de posesión mística mientras la música marcaba el pulso de la vigilia. Durante el resto de mi estancia, tuve el privilegio de tocar con ellos a diario. Incluso los invité a participar en mis propios conciertos y, juntos, logramos grabar seis piezas en el estudio”.

En África, Oran Etkin descubrió una nueva faceta de su identidad artística: la del soldado de la paz. “Las palabras del maestro zimbabuense de 85 años, Tute Chigamba, resuenan profundamente en mí; es una verdad innegable que uno puede elegir conectar con los demás o crear distancia. La música es una herramienta esencial para despojarse de las diferencias y propiciar el encuentro. Al igual que él, creo que los músicos somos soldados de la paz: nuestra creación es el papel que asumimos y la misión que nos define”.

En el turbulento mundo actual, donde recursos aparentemente inagotables se destinan a la destrucción, los artistas desempeñan un rol determinante. “Creo que crear en conjunto es algo que la sociedad necesita con urgencia. Este sentido de pertenencia es crucial, especialmente cuando tantos líderes apuestan por la división como estrategia de gobierno. Construir y nutrir conexiones es una necesidad vital en estos tiempos; artísticamente, eso es lo que estamos haciendo, y confío en que puede ayudar al mundo a transitar estos periodos de dificultad”.

A lo largo de diez composiciones, Open Arms se consolida como un punto de encuentro donde ritmos y melodías desbordan cualquier etiqueta estilística, incluso cuando se recurre a la palabra jazz para englobarlos. “No estoy particularmente apegado a esa palabra. Estudié con Yusef Lateef, uno de los grandes maestros de esta música desde los años sesenta, y él detestaba el término jazz; simplemente no podías pronunciarlo. La palabra que utilizaba era Autofisiopsíquica: música que proviene del ser físico, mental y espiritual de uno mismo. La etiqueta en sí no importa, pero creo que existe un linaje y una tradición capaces de abrirse a todo tipo de influencias alrededor del mundo”.

La verdad es que, en este proyecto de cocreación, los oyentes encontrarán sonoridades tradicionales donde la improvisación se erige como uno de los ejes centrales: una improvisación conectada y arraigada en diversas culturas. “Para mí, es un proceso creativo con otra persona. Técnicamente puedes improvisar solo, pero me siento más vivo cuando comparto ese instante; se trata de la conexión y de crear algo nuevo en el momento. El tiempo es el lienzo sobre el cual pintamos y, cuando improvisas, la sensación es profundamente física. Lo fascinante es que todo ocurre en tiempo real y exige estar concentrado al cien por ciento en el presente”.

Así como el tiempo desempeña un papel esencial en la improvisación, para Oran Etkin este acto creativo comparte afinidad con la meditación: el ahora lo absorbe todo; lo demás se desvanece.

Para Etkin, el acto de escuchar y ser escuchado resulta igualmente fundamental. En este contexto, sería imposible omitir al público, cuya presencia se integra en la última pieza del álbum, una versión alternativa del tema É Doce Morrer No Mar. “Cada público escucha de manera distinta, ¿sabes? Es algo difícil de explicar. Hay algún tipo de energía. Acabamos de ofrecer un concierto en Praga que querían filmar, así que nos pidieron tocar antes de que llegara la audiencia. Interpretamos el repertorio de una manera completamente diferente a cuando la sala estuvo llena; entonces lo hicimos mucho más profundo. La mayor parte del tiempo toco con los ojos cerrados, así que no se trata solo de ver al público. Existe una energía que circula, y es muy difícil poner en palabras cómo se transmite”.

Open Arms es un viaje donde los elementos sonoros emergen a partir de conexiones personales, culturales y sociales. Cada composición funciona como un gesto de reconocimiento hacia los músicos con quienes Oran Etkin ha tejido un lenguaje común, inteligible para quienes están dispuestos a imaginar un mundo sin fronteras. El álbum se erige, asimismo, como una respuesta sensible ante la descomposición política y el racismo que aún persisten en la vida cotidiana. Quizá el mayor logro de Etkin consista en invitarnos a establecer una conexión profunda con nosotros mismos a través de su música: descubrir nuestro mundo interior del mismo modo en que se descubren sus canciones, revelando sonidos y frases que siempre han estado ahí, latentes, incluso cuando parecían imperceptibles.

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