Pharos — Paul Dunlea y Trevor Mires: ecos de jazz y trombón
Hay obras que no precisan la validación del tiempo: desde el instante en que nacen, resplandecen con la misma luz que una vez coronó la Torre de Alejandría. El brillo de este álbum emana de dos dimensiones intrínsecas. A nivel biológico, se manifiesta como una simbiosis en la que cada integrante interactúa hasta alcanzar el punto más alto de la creación: transformar el sonido en un lenguaje universal. A nivel metafísico, se revela a través de la dualidad: dos trombonistas que transmutan el metal en voz; dos compositores que evocan el pasado para habitar el presente; dos continentes que convergen mediante la melodía y dos lenguajes musicales que dialogan para escribir una historia compartida.

SILFRA ha dejado de ser meramente el punto de encuentro entre las placas tectónicas de América y Europa para transformarse en un universo sonoro. La narrativa de este nuevo cosmos se despliega a través de la improvisación y los recuerdos de sus artífices: los trombonistas Paul Dunlea y Trevor Mires. “No fue un proyecto centrado en el trombón”, reflexiona Trevor, señalando que la experiencia se percibió menos como una elección instrumental y más como una comunión compositiva. Paul secunda este sentimiento: “No nos propusimos escribir un álbum de dos trombones. Simplemente sucedió de esa manera. Pero una vez que nos comprometimos, decidimos que, si íbamos a hacerlo, nos lanzaríamos de lleno para cumplir un par de anhelos pendientes en el camino”.
Sus reflexiones refuerzan lo que resulta evidente desde la primera pista: el álbum no se define por el instrumento, sino por la convergencia de voces, historias y aspiraciones. Antes de entrar al estudio, ambos músicos albergaban deseos distintos: “Trevor quería colaborar con el baterista Billy Kilson y yo deseaba grabar en el legendario Rudy Van Gelder Studio”, revela Paul. La intersección entre los ecos de la tradición del jazz que habitan ese espacio y los referentes de la escena contemporánea generó un diálogo atemporal donde la memoria y la innovación coexisten en cada nota.
Dentro del estudio de Van Gelder, cada rincón cargaba con su propio legado. “Al entrar en ese edificio, la sensación es casi la de un museo. Tuvimos mucho que procesar durante esos dos días”, recuerda Trevor. En esa atmósfera, la improvisación trascendió la ejecución para convertirse en un diálogo con el pasado; una forma de entretejer la memoria en la esencia del sonido actual. “El estudio nos ofreció distintas opciones de pianos. Fue surrealista comprender que uno era el piano predilecto de Thelonious Monk y el otro pertenecía a Bud Powell”, continúa Dunlea. “Cada instrumento albergaba una discografía inagotable en su interior; no solo estás eligiendo un piano, estás ingresando en la historia”.
Las vibraciones que surgieron dentro del estudio habrían significado poco sin las personas que las catalizaron hacia la creación. Durante la grabación, la ingeniera y copropietaria Maureen Sickler —junto a su compañero Don— fue esencial para ayudar a los músicos a hallar su pulso y asentarse en el ritmo. “Invitamos a Ryan Keberle, otro trombonista, a venir a tocar con nosotros. La invitación surgió genuinamente porque nos gusta su lenguaje musical y no por el hecho de que toque nuestro instrumento”, añade Trevor. Alrededor de Paul Dunlea, Trevor Mires y Ryan Keberle, se formó una constelación de músicos que moldeó el universo del álbum: Jim Ridl al piano, Ike Sturm al bajo, Billy Kilson a la batería y Matt Cooper en los sintetizadores. Cada uno aportó no solo maestría técnica, sino una sensibilidad distinta que expandió el cosmos del proyecto.
Dunlea, de Irlanda, y Mires, de Londres, cruzaron el Atlántico para pasar 48 horas grabando en uno de los santuarios más venerados del jazz. Es inevitable preguntarse cuánto perdura el asombro cuando la historia, la memoria y la creación convergen en un espacio de tal magnitud. “No tuve margen para pensarlo. Fue solo cuando se lanzó el disco cuando asimilé: ‘ah, sí, hicimos eso, fue genial’. Y no es algo negativo; es simplemente la realidad de ser un músico en activo, corriendo constantemente de un lado a otro”, reflexiona Mires. Dunlea añade: “Es al entrar en las etapas de mezcla y masterización cuando todo se vuelve tangible —cuando empiezas a ver el arte de la portada— y comprendes la magnitud de lo sucedido. Irónicamente, magnitud parece una palabra demasiado pretenciosa, pero la sensación de logro solo llega realmente mucho después de los hechos”.

Lo que se desvanece en la inmediatez de la interpretación perdura en la permanencia del disco. Este álbum está impregnado de historia; no del tipo que se imparte en las aulas, con fechas ordenadas y geografías fijas, sino una historia compuesta por escenas fugaces transformadas en lenguaje musical. A través de sus siete pistas subyace la esencia de dos músicos que han perfeccionado su oficio durante décadas en innumerables escenarios. Su trayectoria les permite expresarse sin eufemismos, seguros de su capacidad para escribir melodías que continúan resonando una vez que cae el silencio. “Sinceramente, no fue como si me despertara una mañana, encendiera un cigarro, contemplara el amanecer y decidiera escribir canciones. Fue más bien: vamos a Nueva York en seis semanas y necesitamos música. La creatividad debe ser espontánea y fomentada”, reflexiona Trevor.
Cada pieza de SILFRA porta un fragmento de su memoria: ecos de historia, humor, veranos familiares y libertad. Sin embargo, más allá del repertorio, lo que emerge es la devoción que los une al trombón y al jazz. Para Dunlea y Mires, el instrumento no es una simple herramienta de expresión; está plasmado en su identidad. Como explica Trevor: “A veces existe el riesgo de separar al artesano del músico, como si fueran entidades distintas. Para mí, ese es un desafío constante y me alegra que lo sea; me mantiene reflexionando sobre el arte, la creatividad, la honestidad musical y la búsqueda de la excelencia o, mejor aún, de la evolución. Es un viaje”.
Paul comparte esa misma cosmovisión tras una vida dedicada al instrumento: “He tocado el trombón desde los siete años. Ahora tengo 45, así que son más de tres décadas. He pasado más tiempo de mi vida tocando que no haciéndolo… Es integral para todo lo que hago y todo lo que soy. Sin pretender ser demasiado espiritual, el trombón lo es esencialmente todo —junto a mi familia, por supuesto—; está integrado en la historia de mi vida”.
SILFRA —tanto el lugar como el álbum— encarna el encuentro de fuerzas que rara vez se perciben, pero que siempre están en movimiento. Así como dos placas tectónicas remodelan la Tierra mediante cambios lentos e imperceptibles, la colaboración entre Paul Dunlea y Trevor Mires altera el paisaje musical al refinar persistentemente su identidad a través del trombón. El resultado es un álbum nacido de la convergencia de continentes, historias y visiones; una obra que deja su propia huella en el mundo: una fisura sonora en la que el público puede sumergirse, guiado por el pulso de dos músicos que continúan definiendo la escena del jazz contemporáneo.